En nuestra web ya hemos analizado extensamente muchas de las grandes películas de los años 60, y ahora nos vamos a adentrar en una década que definió el cine moderno y cambió la industria, el New Hollywood. En nuestro artículo «Actores y actrices clásicos de Hollywood perdidos en los 70«, ya hablamos de muchos de los motivos impulsores de ese cambio que hubo en el cine americano.
La televisión había secuestrado al público familiar de las salas, mientras que los directores europeos sacudían las salas con estrenos que contaban historias más cercanas a la realidad desde Francia con la Nouvelle Vague o desde Reino Unido con el Free Cinema. En las calles, la contracultura, las violentas protestas contra la guerra de Vietnam y una juventud profundamente desencantada no se sentía identificada con el esplendor del cine de antaño. Pero en los despachos de Hollywood seguían ciegos y sordos confiando su resistencia de forma suicida en replicar fórmulas pasadas.
Hoy hablamos de otra de las causas que empujó a una de las mayores evoluciones creativas del cine estadounidense, y que muchos consideran la mejor década gracias a títulos como El Padrino (1972), El exorcista (1973) o Taxi Driver (1976) . Los grandes fracasos de los estudios en los años sesenta que obligaron a dejar la industria en manos de jóvenes barbudos como Francis Ford Cóppola, Steven Spielberg o Brian de Palma.
Los mayores fracasos de los años 60 y primeros 70
Cleopatra (1963)

Presupuesto: 44 millones de dólares. Recaudación: 26 millones de dólares en su estreno.
Uno de los más recordados es sin duda el caso Cleopatra y su caché de un millón de dólares para Elizabeth Taylor, éste solo fue uno de los grandes despilfarros que casi sepulta a 20th Century Fox. Dirigida por Joseph L. Mankiewicz y con Richard Burton acompañando un reparto que parecía no tener rival se estrenó en medio de un escandaloso romance mediático. Ambos estaban casados pero eso no detuvo la chispa que surgió en los estudios Cinecittà de Roma. La prensa les cegó con los flashes.
Pero lo peor fue el desmesurado coste de la producción que, a pesar de ser la película más taquillera de su año, no impidió el desastre. Con el tiempo acabó sufragando los costes pero los gastos de distribución, marketing y el porcentaje que se quedan los cines acabó hundiendo la película.
Sin embargo, el tiempo ha sido más justo con ella. Ganadora de cuatro premios Oscar, y a pesar de que la cinta dista bastante de la visión del director, sigue siendo un gran espectáculo con un Rex Harrison como Cayo Julio César impecable.
La caída del Imperio Romano (1964)

Presupuesto: 19 millones de dólares. Recaudación: 4,8 millones de dólares.
El desastre fue mucho mayor en la producción de Samuel Bronston. Quería crear la epopeya definitiva y construyó un Foro Romano a escala real en Madrid, un delirio de 92.000 metros cuadrados que se convirtió en el rodaje más grande hecho en la capital española.
Anthony Mann asumió la dirección de este coloso de Paramount en el que contaba con Sophia Loren como el principal reclamo. El público de la época no la entendió, se aburrió con su ritmo lento y atmósfera política oscura, y la debacle fue monumental. Este batacazo golpeó a Paramount, pero la caída del imperio real fue la de Bronston, cuya carrera quebró por culpa del filme.
Casi 40 años después, Ridley Scott casi hizo un remake encubierto con Gladiator (2000), pero la historia de Máximo, por el contrario, fue todo un éxito de público y crítica, y la encargada de recuperar el péplum como género para el cine.
La caída del imperio Romano, aun así, no es una mala película; son muchos los que ensalzan sus diferentes valores cinematográficos, principalmente un diseño de producción donde todo era real, y por eso se ve como ninguna película actual. Son muchos los cineastas, como el propio Scott y Martin Scorsese, que la han ensalzado.
El extravagante Doctor Dolittle (1967)
Presupuesto: 18 millones de dólares (aprox). Recaudación: 9 millones de dólares.

Después del éxito de Sonrisas y lágrimas (La novicia rebelde, 1965), pensaron que los musicales no podían fallar, y 20th Century Fox se embarcó en otra superproducción con Rex Harrison de protagonista.
El estudio contrató a Richard Fleischer tras la negativa de varios directores porque ya había manejado grandes presupuestos como en 20.000 leguas de viaje submarino (1954), pero ahora estaba en proyectos más pequeños y de ciencia ficción como Viaje alucinante (1966), y el salto se le atragantó.
El rodaje se convirtió en un infierno logístico constante, lleno de retrasos, complicaciones con el clima y el ego de su protagonista. Pero en 1967, una fantasía familiar inofensiva chocó de frente con estrenos como El graduado que conectaban mucho más con la juventud y la sociedad del momento en Estados Unidos.
La vendieron como un espectáculo nunca visto y consiguieron nominaciones para nueve estatuillas, ganó el Oscar a mejores efectos visuales, pero ni los animatrónicos usados lo merecían, y el peculiar estilo de canto de Rex Harrison no tuvo el mismo efecto que en My Fair Lady (1964).
El resultado, una película olvidada si no fuera por los dos remakes posteriores que se hicieron en 1998, el de Eddie Murphy y a la postre el único que funcionó, y el de 2020, con Robert Downey Junior volviéndose a estrellar con pérdidas estimadas de 100 millones de dólares.
Star! (1968)
Presupuesto: 14 millones de dólares. Recaudación: 4 millones de dólares.

Y como no hay dos sin tres, y pensando que la culpa había sido de no poner en la fórmula a Julie Andrews, 20th Century Fox decidió juntarla con el director de Sonrisas y lágrimas (La novicia rebelde, 1965) otra vez, Robert Wise.
Pero los que conectaron con una vitalista institutriz se toparon aquí con un biopic de tres horas de una actriz egocéntrica y compleja con un sinfín de puestas en escena bizarras, elitistas y de tono oscuro.
1968 fue sin embargo el año en el que el musical Funny Girl, con Barbra Streisand debutando arrasó. Ganó un patito feo que ascendía desde los suburbios al estrellato frente a la diva fría que interpretaba Andrews. Pero fue el único hueco para un musical, porque el cine ya estaba cambiando, ese año se estrenaron Bullit, con Steve McQueen quemando rueda por San Francisco, la maravilla visual de 2001, una odisea en el espacio, o el miedo sofocante de La semilla del diablo (El bebé de Rosemary).
La leyenda de la ciudad sin nombre (1969)

Presupuesto: 20 millones de dólares. Recaudación: 14,5 millones de dólares.
Paramount Pictures no era capaz de ver que el musical estaba dando sus últimos coletazos, pero pensó que juntarlo con un género que ya solo funcionaba a través de su propia defunción en historias crepusculares como Dos hombres y un destino (Butch Cassidy), era una jugada maestra para atraer al público.
Joshua Logan, que acaba de estrenar Camelot (1967) adaptación del musical de Broadway, se encargó de dirigir esta arriesgada apuesta, y para el reclamo juntaron a Clint Eastwood y Lee Marvin, dos de los mayores emblemas de la testosterona y la rudeza del western, para cantar con sombrero.
El rodaje fue un circo ingobernable. Decidieron rodar en un paraje idílico pero lejos de un hotel, lo que obligaba a costes de 80.000 dólares diarios para trasladar al equipo. La ciudad sin nombre se construyó para la película y costó 2.4 millones de dólares. Y Lee Marvin, que cantó la única canción recordada de la película, se pasó ebrio media producción.
La película costó el doble de su presupuesto inicial, pero esa visión del Oeste ya no convencía, el público ya pedía una revisión de la historia más sucia, violenta y real como la que venía de afuera. Ese mismo año Sam Peckinpah acribilló ese viejo Oeste con su Grupo Salvaje (La pandilla salvaje).
Pero lo que dejó a todos los estudios en ridículo fue que Peter Fonda y el productor financiero Bert Schneider, con unos 360.000 dólares de inversión recaudaron más de 60 millones en todo el mundo por Easy Rider, una película que hablaba de libertad, drogas, motos y rebeldía.
Waterloo (1970)

Presupuesto: 38 millones de dólares. Recaudación: 1,4 millones de dólares.
Al final de la década todavía había sitio para sepultar a productores ambiciosos, incluso en Europa. Dino De Laurentiis, en un arrebato de ego, quiso grabar la película bélica definitiva, compitiendo con Hollywood. Puso en la dirección a un reconocido cineasta soviético, Sergei Bondarchuk, que venía de ganar el Óscar por la monumental Guerra y Paz (1966).
Contó con estrellas internacionales como el oscarizado Rod Steiger y Christopher Plummer, aunque tampoco eran nombres con el tirón necesario para levantar una producción tan grande.
Además de los problemas de rodaje, la película fue recortada de una versión de casi 4 horas a la mitad por obligación de De Laurentiis, haciendo que la trama y el desarrollo de personajes no se entendieran bien.
El desembolso económico resultó ser una auténtica barbaridad, teniendo que entrar Paramount Pictures y Columbia como distribuidores y financiadores. Pero la película no gustó, y justo cuando un productor quiso sacar la película bélica definitiva, vino Robert Altman y se rió de la guerra, del ejército y con M.A.S.H. triunfó con su humor descarado y personajes modernos.
Darling Lili (1970)

Presupuesto: 25 millones de dólares. Recaudación: 3,2 millones de dólares.
Por último, vamos a destacar el batacazo de Paramount, que se empeñó en triunfar con otro musical a lo grande. Sin embargo, su terquedad acabó por poner el último clavo al ataúd de éste genero con alto presupuesto.
Volvieron a confiar en el carisma de Julie Andrews y la juntaron con un galán de otra era, Rock Hudson. Para la dirección, la apuesta era segura: Blake Edwards, quien se casó con la actriz poco antes del estreno de la película.
Pero la trama era confusa, saltaba sin red entre la comedia ligera, el musical, el espionaje internacional y un drama de guerra sobre la Primera Guerra Mundial. Además se sumó el escándalo que provocó entre el público conservador, que Julie Andrews interpretara a una femme fatale que realizaba un striptease durante uno de sus números musicales.
A todo esto se sumaron problemas logísticos y decisiones que encarecieron el filme. Las revueltas estudiantiles de mayo del 68 en París paralizaron el rodaje y obligaron a trasladar la producción a Bruselas para filmar las escenas principales. Después, se mudaron a Irlanda, donde se grabaron escenas con aviones reales de combate.
La relación entre Edwards y los ejecutivos de Paramount acabó en divorcio total. El director tuvo que grabar conversaciones para protegerse, un episodio que tuvo un desenlace en forma de respuesta del director: por eso hizo S.O.B. (1981), como crítica a los estudios. Te podríamos contar toda la bilis que soltó, pero eso ya es otra película, y quizá en otro artículo.
Los fracasos que aceleraron el cambio en el cine de los 70

Todos estos desastres financieros y algunos más como Hello, Dolly! y Noches en la ciudad (Dulce caridad) en 1969 hicieron que los grandes estudios y productores dejaran de creer en su instinto, especialmente al ser humillados por proyectos minúsculos que rompían la taquilla con ideas frescas y contemporáneas.
A los casos de Easy Rider y M.A.S.H se sumaron otros como Bonnie and Clyde (1967), que apenas costó 2,5 millones de dólares y recaudó la friolera de 70 millones, o The French Connection (Contra el imperio de la droga, 1971), que con aproximadamente 1.8 millones de dólares recaudó 51.7 millones.
La meca del cine se convenció de que los tiempos habían cambiado y que había directores con nuevas ideas que entendían mejor lo que demandaba el público. Así, cedieron el testigo a sus historias crudas y personajes violentos, dando lugar a una de las décadas más prolíficas y autorales del cine americano, que aquí en The Film Nook Set vamos a analizar durante los próximos meses. ¿Te apuntas?


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