Paul Newman en el papel de Henry Gondorff

En un artículo anterior hicimos una disección muy clara de las estrellas del Hollywood clásico que ya habían triunfado antes de la década de los 50, pero que por diferentes razones no consiguieron superar el Tsunami que supuso el Nuevo Cine Americano. Ese que llamaron New Hollywood y te explicamos en qué consistía también en nuestro análisis

Como ya prometimos, ahora toca hablar de los que sí sobrevivieron, pero recordemos de quiénes vamos a hablar: de las grandes estrellas de los años 30, 40 y 50 que llegaron a vivir gran parte de la década de los setenta, y que consiguieron un notable éxito trabajando en el cine ya sea dentro de películas enmarcadas en el Nuevo Hollywood o producciones comerciales, que no siempre estaban unidas.  

Pero también hablaremos de aquellos que quizá sin tanto éxito durante esa revolución, reaparecieron en la década de los ochenta negándose a desaparecer del todo. 

Actores y actrices con éxito en los años 30, 40 y 50 del siglo XX que se reinventaron

Paul Newman

Paul Newman en El castañazo (1977)

Fue quizá de los mejores exponentes de esta raza de actores. Tras consagrarse como el galán atormentado en La gata sobre el tejado de zinc (conocida en Hispanoamérica como como Un gato sobre el tejado caliente, 1958), durante los sesenta se convirtió en uno de los exponentes más claros de ese cine que empezaba a mutar. Encarnó a Eddie Felson, un tenaz jugador de billar y atormentado joven en El buscavidas (El audaz, 1961), al bastardo sin moral en Hud: El más salvaje entre mil (1963) y al líder silencioso incapaz de doblegar en La leyenda del indomable (1967).

Sus personajes y estilo interpretativo era una antesala del tipo de personajes que estaban por venir, y cuando llegó el cambio industrial buscó a directores clave para protagonizar historias que encajaban en el tono de la década. Arrasó reuniéndose con Robert Redford una de las películas de la década El golpe (1973) y tuvo un duelo interpretativo con Steve McQueen en el creciente cine de catástrofes con El coloso en llamas (1974).

Pero donde realmente se mimetizó con la suciedad y realismo del New Hollywood fue regresando a su personaje Harper luchando contra un sistema corrupto en Con el agua al cuello (1975) y atravesó un viaje moral a golpe de stick de hockey en El castañazo (1977), una de las películas de deporte más violentas. 

Pero su leyenda no se quedó en los setenta, siguió teniendo éxitos como Veredicto final (Se hará justicia, 1982) y dirigiendo Harry e hijo (Padre e hijo, 1984). Además seguía juntándose a jóvenes directores de prestigio como Scorsese, que le permitió recuperar a un maduro Eddie Felson con el que pudo levantar el Oscar por El color del dinero (1986).

Todavía siguió demostrando su talento en Ni un pelo de tonto (Reencuentro con la vida, 1994) y se despidió del cine con la ferocidad gélida del jefe mafioso John Rooney en Camino a la perdición (2002).

Falleció en 2008 a los 83 años como una leyenda intocable del cine con una de las carreras más largas y celebradas.

Marlon Brando

Y si hay otro actor clásico que no solo sobrevivió al Nuevo Hollywood sino que casi lo edificó fue Marlon Brando, porque la rebeldía le venía de serie. En los años cincuenta fue de los primeros en llevar al extremo el Método que tanto triunfó en sus sucesores de los setenta. Descomunal en su interpretación de Stanley Kowalski para  Un tranvía llamado Deseo (1951), pandillero en moto en ¡Salvaje! (1953) y ganando su primer Oscar como el exboxeador Terry Malloy en La ley del silencio (Nido de ratas, 1954). 

Aunque llegó a finales de los sesenta con la etiqueta de «veneno para la taquilla», por su desidia de la profesión y problemas en rodajes, sorprendentemente se comió toda la década, conquistándola desde que Francis Ford Coppola le dio el papel de Vito Corleone en El padrino (1972). Ganó su segundo Oscar y ese mismo año se desnudó física y emocionalmente en la polémica Último tango en París (1972) de Bernardo Bertolucci, de la que ya hablamos en su biografía.  

Para cuando terminó la década, Brando jugaba bajo sus propias reglas. Cobró una fortuna récord por salir apenas diez minutos en Superman (1978) haciendo de Jor-El, padre del héroe y acabó como no podía ser de otra forma encarnando la locura absoluta de la guerra de Vietnam personificada en el coronel Kurtz de Apocalypse Now (1979).

Después se volvió a desdibujar y a apartar de la interpretación pero tuvo tiempo de conseguir una última nominación al Oscar interpretando a un abogado sudafricano en Una árida estación blanca (1989), tener éxitos como  Don juan de Marco (1994) y despedirse con un duelo generacional, el que dominaba la época, Robert De Niro, y el futuro representado por Edward Norton juntándose en Un golpe maestro (Cuenta final, 2001).

Al final, lejos de lo que parecía, tuvo una larga vida asociada al cine, genio pero también sombrío, murió en 2004 a los 80 años como uno de los actores que marcó el New Hollywood desde la veteranía.

Robert Mitchum

Robert Mitchum en la película "Yakuza" de 1974

Mitchum era un actor que parecía que arrastraba los pies con la mirada a medio abrir. Un héroe en el que su carisma no partía del nervio, sino la templanza del noir. Se convirtió en estrella ya con Retorno al pasado (1947) y sorprendió con un villano retorcido que tenía tatuado en los nudillos «LOVE» y «HATE» en La noche del cazador (1955). 

Pero los sesenta fueron años de gran éxito para él, solo en 1962 tuvo dos exitazos, el primero crítico, El cabo del terror encarnando de nuevo el miedo a través de la fuerza bruta de su personaje Max Cady. Y después uno comercial con El día más largo , una superproducción que tuvo el mérito de convertirse en la película en blanco y negro más taquillera hasta entonces.

Cuando los años setenta trajeron el desencanto y la derrota a las pantallas, Mitchum ya era un experto, no le asustaba esa verdad, por eso siguió trabajando sin descanso. Nada más empezar estrenó La hija de Ryan (1970) de David Lean, trabajó en el thriller The Yakuza (1974) a las órdenes de  Sydney Pollack y se puso la gabardina gastada del detective Philip Marlowe en Adiós, muñeca (1975). Siguió siendo un tipo duro con algunas canas más.

No es que fuera un titán de la década, pero no le faltó trabajo en el cine de calidad, aunque en los ochenta tocara más televisión, protagonizó la miniserie Vientos de guerra (1983) y como secundario trabajó en la recordada epopeya sobre la guerra de secesión Norte y sur (1985).

El cine le relegó a secundarios pero con respeto, como el excéntrico jefe de Bill Murray en Los fantasmas atacan al jefe (Scrooged, 1988) o apareciendo en el remake de El cabo del miedo de (1991) que dirigió Martin Scorsese. Mitchum fue un actor de varias vidas y sobre todo mucho oficio que le dio de sí hasta que falleció en 1997 de un cáncer de pulmón. 

William Holden

Ya había debutado a finales de los años 30 y era una estrella absoluta tras su Oscar por Traidor en el infierno (Infierno en la tierra, 1953)  cuando triunfaba con éxitos como Sabrina (1954) junto a Audrey Hepburn y Humphrey Bogart. Dominaba los personajes  vividores y narcisistas con aura de galán, y a pesar de que se iba haciendo mayor, acogió con naturalidad el paso del tiempo interpretando a héroes más maduros. 

Lo hizo en El puente sobre el río Kwai (1957) con casi 40 años, y 12 años después, cuando el cambio ya se estaba empezando a notar, Sam Peckimpah aprovechó su rostro surcado de arrugas y su aura de líder en el ocaso para convertirlo en Pike Bishop, al frente del grupo de forajidos con fecha de caducidad en Grupo salvaje (La pandilla salvaje, 1969).

Ese estreno fue una de las puertas que abrió el New Hollywood por su violencia y ritmo de edición y Holden se empezó a mover como pez en el agua en esa nueva faceta de veterano. 

Durante los años siguientes, se movió con inteligencia entre estrenos taquilleros y películas críticas de autor. Interpretó a James Duncan, el constructor y dueño del rascacielos en parte culpable del desastre en El coloso en llamas (1974), y Sidney Lumet le dio el gran papel de su madurez en Network (Un mundo implacable, 1976), donde encarnó a la vieja guardia del periodismo asqueada frente al auge de la televisión espectáculo y sin corazón.

Además de estos éxitos cimas ambos de los cine de los setenta cerró la década acompañando a Peter Sellers en la sátira Bienvenido, Mr. Chance (Desde el jardín, 1979), dirigida por Hal Ashby, uno de los autores clave del nuevo cine americano a pesar de que es menos nombrado que otros que están en todas las listas.

Probablemente no hubiera dicho su última palabra si su adicción al alcohol no le hubiera empujado a tener un fatal accidente en su piso de Santa Mónica al tropezar y golpearse en la cabeza durante una borrachera. Murió en 1981 con 63 años. 

Jack Lemmon

Jack Lemmon en Salvad al Tigre (1973)

Durante los años cincuenta y sesenta, Jack Lemmon fue el rostro del ciudadano medio estadounidense. El oficinista nervioso, el vecino enamoradizo y la musa absoluta de Billy Wilder. Triunfó en Con faldas y a lo loco (Una Eva dos adanes, 1959) y El apartamento (Piso de soltero, 1960). Era el tipo simpático que siempre acababa recibiendo los golpes de la vida. Pero cuando la sociedad norteamericana se oscureció en los setenta, Lemmon tenía muchas más capas que romper por dentro.

Entró en el Nuevo Hollywood como un hombre desesperado por un sistema que lo asfixiaba. Si en Bandeja de plata (Por dinero, casi todo, 1966) representaba el hombre honrado que no quería estafar al seguro en Salvad al tigre (1973) era él quien necesitaba quemar uno de sus almacenes para cobrar el dinero de la póliza, un papel que le otorgó su segundo y polémico Oscar que se llevó frente a: 

  • Jack Nicholson por El último deber (The Last Detail).
  • El propio Marlon Brando por El último tango en París.
  • Robert Redford por El golpe (The Sting).
  • Al Pacino por Serpico, que era el favorito de la noche.

Después se volvió a juntar con su eterno compañero Walter Matthau en la sátira del periodismo Primera plana (1974) de nuevo con Wilder. Considerada una de las mejores películas de la década a pesar de no estar en la memoria colectiva tan viva como los Tiburón o el Padrino que quizá fueron más innovadoras. Y cerró con una cinta sobre la paranoia nuclear en Los Ángeles con Jane Fonda y Michael Douglas en El síndrome de China (1979).

No se acabó ahí porque siguió brillando después en Missing (Desaparecido) (1982) de Costa-Gavras y además de convertirse en un secundario de lujo para películas con riesgo y autoría como Glengarry Glen Ross (1992) y Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993) de Robert Altman. Pero él mismo volvió a tener un idilio con la taquilla resucitando su química con Matthau en comedias como Dos viejos gruñones (1993) y La extraña pareja, otra vez (1998).

Una auténtica leyenda que tuvo una de las carreras más largas y exitosas y para quien el Nuevo Hollywood fue solo una etapa más en el camino. Al final, falleció el 27 de junio de 2001 en Los Ángeles, a los 76 años, a causa de un cáncer. Si quieres una interesante retrospectiva sobre su legado, te recomendamos nuestra biografía y homenaje

Gregory Peck

Durante décadas fue la brújula moral de Estados Unidos. El hombre recto con voz profunda y la decencia inquebrantable capaz de apiadarse de Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma (La princesa que quería vivir, 1953) y que culminó defendiendo lo indefendible como en Matar a un ruiseñor (1962). Cuando el cine llenó las pantallas de caraduras, mafiosos y ex-combatientes perturbados, Peck parecía condenado a la extinción por un estilo excesivamente clásico. 

Sin embargo, la insistencia de Richard Donner por recuperar ese peso moral que tenía en la sociedad americana y la necesidad de Peck de un éxito tras años de horas bajas fueron una combinación para que aceptara el papel de La profecía (1976), una de las cumbres del cine de terror que tanto éxito tuvo en la década. Gracias a negociar un 10% de la taquilla acabó ganando más de 6 millones de dólares ya que la película fue un éxito masivo inesperado.

Y dos años después, dinamitó su propia imagen de hombre bueno atreviéndose a interpretar a un monstruoso nazi en Los niños del Brasil (1978) con Franklin J. Schaffner, otro de los directores que se adaptó al New Hollywood.  Pero tampoco se bajó del barco, en los ochenta con Jane Fonda estrenó Gringo viejo (1989) que fue un fracaso comercial pero cerró un ciclo histórico bendiciendo a la nueva generación junto a Robert Mitchum en el remake de El cabo del miedo (1991) de Martin Scorsese.

Falleció en 2003 a los 87 años con una carrera que se mantuvo activa casi hasta el final, ganando el Globo de Oro por su trabajo en la serie Moby Dick (1998).

Laurence Olivier

Laurence Olivier y Dustin Hoffman en la mítica escena del dentista

Lord Laurence Olivier era probablemente la antítesis del estilo interpretativo del nuevo Hollywood, si había un actor que representaba el estilo clásico teatral Shakespeariano era él. Triunfó con Enrique V (1944) y Hamlet (1948), por la que ganó el Oscar. Era perfecto para elevar repartos en los Peplum que triunfaron en la época como Espartaco (1960). 

Pero cuando los años setenta impusieron a una generación que venía con el “Método” bajo el brazo, Olivier parecía un aristócrata con todas las papeletas para desaparecer, pero ay amigo, el que tuvo retuvo. Un actor de su talla podía aguantarle el tipo a todos esos jóvenes. 

Sí empezó la década con La huella (1972), dirigida por otro veterano, Joseph L. Mankiewicz, pero su choque frontal con el Nuevo Hollywood se materializó en Marathon Man (Maratón de la muerte, 1976), bajo la dirección de John Schlesinger

Encarnó a un sádico dentista nazi que tortura al personaje de Dustin Hoffman y salió vencedor del duelo con una nominación al Oscar y el premio conseguido del Globo de Oro

Aprovechando su tirón en la taquilla y la moda de los repartos corales tras Asesinato en el Orient Express, se divirtió como el profesor Moriarty en Elemental, doctor Freud (1976), y cerró la década cazando vampiros en Drácula (1979) y apadrinando a Diane Lane en Un pequeño romance (1979).

Muchos le recordarán encarnando al mismísimo Zeus en Furia de titanes (1981) aquella maravilla clásica de Ray Harryhausen en plena época de los Blockbusters. Sí que es cierto que después ya tuvo que refugiarse en la televisión, pero incluso allí demostró que era el gran dominador de Shakespeare ganando el Emmy en televisión por El rey Lear (1983).

Murió pocos años después, en 1989 a los 82 años después de encadenar varias enfermedades que habían debilitado su salud. El cine intentó tumbarle, pero supo aguantar con con dignidad.

No se adaptaron al cine de los setenta pero sobrevivieron

Después de analizar a aquellos que creemos que fueron interpretes con mucho peso y al menos participación en algunos de los éxitos del New Hollywood, podemos hablar de otro grupo, actores y actrices que simplemente no dejaron de trabajar en el cine y cuyas carreras de éxito fueron más allá incluso de aquellos años. 

Kirk Douglas

Es una de las grandes leyendas del cine clásico gracias a papeles de gran carácter e intensos como el militar de Senderos de gloria (1957) y el esclavo que desafió a Roma en Espartaco (1960). 

Douglas no buscó el cobijo de los jóvenes directores de moda cuando ya se estaba haciendo veterano, en los setenta se refugió en producciones más modestas y dirigió sus propios proyectos, como Los justicieros del Oeste (1975).

Esa resistencia dio sus frutos. En los ochenta regresó con fuerza, riéndose de su propia edad junto a su eterno amigo y rival Burt Lancaster en Otra ciudad, otra ley (Dos tipos duros, 1986). Una película que fue un boom en los videoclubs sobre todo. Dos gánsteres que salen de la cárcel tras 30 años y se encuentran con la moda de los años 80, el breakdance y la falta de respeto de los nuevos delincuentes.

Ya en los noventa casi octogenario hacía de patriarca en Los codiciosos (1994) y volvió a hacerlo con su hijo Michael, en Herencia de familia (2003). 

Al final, su mayor victoria fue ganarle el pulso al propio tiempo. Sobrevivió a accidentes de helicóptero, a una embolia severa y a la caída del sistema que él mismo ayudó a levantar. Falleció en 2020 con nada más y nada menos que 103 años. Todo un gladiador del Hollywood dorado que tardó mucho en caer a la arena.

Ingrid Bergman

Ingrid Bergman en Asesinato en el Orient Express (1974).

Convertida en una postal del cine clásico por excelencia gracias a Casablanca (1942), Ingrid Bergman era la belleza nórdica y natural que enamoró a la cámara y al público en su mejor momento. 

Hollywood la exilió en los años 50: casada y con una hija, abandonó a su familia en 1949 para irse con Roberto Rossellini a Italia, donde quedó embarazada antes de divorciarse. Pese a que el Senado la repudió por «inmoral», regresó triunfalmente en 1956 con Anastasia, película por la que ganó su segundo Óscar.

Después volvió al cine europeo hasta que en 1969, ya con el cine cambiando, regresó por la puerta grande a la comedia de Hollywood con Walter Matthau y una joven Goldie Hawn en Flor de cactus (1969). Después protagonizó el drama Secretos de una esposa (1970) junto a Anthony Quinn y ganó su tercer Oscar como actriz de reparto por su breve papel en Asesinato en el Orient Express (1974).

Durante los siguientes años estrenó Nina (A Matter of Time, 1976) dirigida por un veterano Vincente Minnelli, y se metió en la piel de una pianista fría y madre ausente bajo la dirección de Ingmar Bergman en Sonata de otoño (1978). Última de sus 7 nominaciones al Oscar. 

No le quepa a nadie duda de que Ingrid Bergman fue una de las grandes estrellas y además gran actriz que estuvo más de tres décadas conquistando las pantallas y anclándose en la memoria del séptimo arte. Sobrevivió a los cambios que la industria del cine sufrió durante su carrera aunque no pudo con el maldito cáncer. Se apagó en Londres en agosto de 1982, exactamente el mismo día que cumplía 67 años tras una larga batalla contra el cáncer de mama.

Burt Lancaster

Fue el gran acróbata de sonrisa inabarcable que construyó su mito en los años cuarenta y cincuenta a base de puro carisma animal. Pareja icónica del propio Kirk Douglas en películas como Duelo de titanes (1957) y sorprendente predicador encantador de ancianas en El fuego y la palabra (Elmer Gantry, 1960) papel que le valió el Oscar. 

Con la nueva década fue de los primeros que abrazó la taquilla trabajando en Aeropuerto (1970). Luego codirigió y protagonizó el áspero thriller El hombre de la medianoche (1974), y no dudó en poner en riesgo su imagen en favor de una obra monumental como la Novecento (1976) de Bernardo Bertolucci. Encarnando a un patrón decadente capaz de perder la moral frente a una joven campesina cuando la vida se le escapa y fracasando patéticamente. 

Y en los ochenta se puso dos veces el sombrero de viejo gángster, en Atlantic City (1980),  su última nominación al Oscar, y la ya mencionada Otra ciudad, otra ley (Dos tipos duros, 1986) junto a su eterno compañero Kirk Douglas. Además, trabajó en Campo de los sueños (1989) junto a Kevin Costner. Murió en 1994, y demostró que a un león viejo nunca se le debe dar por muerto.

Charlton Heston

Charlton Heston en Cuando el destino nos alcance

Durante los años cincuenta encarnaba los más grandes monumentos del cine. Fue Moisés abriendo las aguas en Los diez mandamientos (1956) y el príncipe judío Judá Ben-Hur (1959), papel que le dio el Oscar. Representaba la autoridad inquebrantable del viejo Hollywood. 

Pero a finales de los sesenta, Heston supo leer el cambio de época. No era el actor introspectivo ni atormentado que buscaban los directores del nuevo cine americano, así que no intentó serlo. Simplemente se mantuvo como luchador contra el cambio y la distopía. 

Gritó frente a la Estatua de la Libertad en El planeta de los simios (1968), denunció un sistema caníbal en un apocalíptico Nueva York en Cuando el destino nos alcance (1973) y esquivó cascotes para salvar Los Ángeles en Terremoto (1974).

Después de ellas siguió trabajando en películas con más viejas glorias que jóvenes promesas y en los años ochenta se mudó a la televisión. James Cameron le recuperó con parche en el ojo homenajeando a Nick Fury en Mentiras arriesgadas (True Lies, 1994). Los años siguientes los dedicó a realizar cameos donde jugaba con su propia leyenda. 

Tuvo una larga vida asociada al cine con ciertos conflictos por sus ideales políticos conservadores, quizá es el único de la lista que comenzó a alto nivel y terminó más en la lona a pesar de su reaparición en los noventa y 2000, donde participó en Enredos de sociedad (2001). Falleció en 2008 a los 84 años, ya tiempo después de haber abandonado los rodajes en 2003. 

Anthony Quinn

Ganador de dos premios Oscar manchándose las manos de tierra en ¡Viva Zapata! (1952) y El loco del pelo rojo (1956) no era el clásico galán; era un actor de carácter que representaba la pasión en su estado más primitivo.

Por eso, cuando el Nuevo Hollywood derribó las viejas estructuras estadounidenses, a Quinn apenas le tembló el suelo. Se convirtió en lo que siempre había sido, un nómada. 

Encabezó el thriller criminal Contrato en Marsella (1974) en Reino Unido, protagonizó la coproducción internacional Mahoma, el mensajero de Dios (1977),  y se enfrentó a las tropas nazis en la nieve pirenaica en El pasaje (1979) de nuevo en las islas.

Pero su verdadero resurgir entre el público fue después. Los noventa entendieron que los secundarios con caché podían elevar cualquier gran producción y lo convirtieron en uno de los preferidos. Jefe mafioso traicionado en Revenge (1990), y caricatura del mismo personaje en El último gran héroe (1993) y entrañable patriarca viticultor en Un paseo por las nubes (1995) junto a Aitana Sánchez-Gijón y Keanu Reeves.

Falleció en 2001 a los 86 años ya mayor después de una larguísima carrera muy ligada al cine internacional pero muy cercana a la vez a títulos reconocibles para todo el mundo. 

John Wayne

Jhon Sturges, rodaje de McQ (1974)

El actor que encarnó como nadie la ley y al pistolero clásico junto a John Ford o Howard Hawks en La diligencia (1939) o Río Bravo (1959) se encargó de asesinar el Western y a su propio arquetipo en El hombre que mató a Liberty Valance (1962).

Pero cuando llegó el cambio no iba a pedir perdón por ser quien era. Se parodió a sí mismo interpretando al tuerto, gordo y borracho alguacil Rooster Cogburn en Valor de ley (Templanza, 1969), logrando su único premio Oscar. Fue el reconocimiento final de la industria a una forma de hacer cine que se estaba muriendo.

Su leyenda tenía todavía margen para vender entradas a caballo como con El gran Jake (1971) o compartiendo pantalla con otra leyenda incombustible de la que pronto hablaremos, Katharine Hepburn, en El rifle y la Biblia (1975).

Wayne sabía que su Oeste se desmoronaba, y cuando vio que el público joven prefería a los policías urbanos que rompían las reglas, intentó disputarle el terreno a Harry el Sucio. Por eso encarnó a un detective rudo que investiga un asesinato en McQ (1974). No le importaba lo más mínimo el nuevo cine de autor, pero no estaba dispuesto a ceder su taquilla sin pelear.

Su despedida en pantalla fue un ejemplo de tenacidad por un cine que ya estaba muerto, y en contra de una nueva ola que no le atraía en absoluto. En El último pistolero (1976), interpretó a un vaquero legendario que muere de cáncer. 

Falleció poco después, en 1979 a los 72 años, por la misma enfermedad que su personaje. Wayne nunca estuvo cerca de mimetizarse con El Nuevo Hollywood pero no salió derrotado como otros porque era una montaña imposible de borrar que siguió trabajando en el cine a pesar de los cambios de paisaje que se cernían en el horizonte. 

Henry Fonda

Doug McKeon y Henry Fonda en El estanque dorado
Doug McKeon y Henry Fonda En el estanque dorado buscando a Walter, la gran carpa de la zona.

Durante tres décadas, fue la encarnación de la decencia estadounidense. Su mirada transmitía una integridad inquebrantable, ya fuera defendiendo a los desposeídos en Las uvas de la ira (1940) o enfrentándose a los prejuicios de un jurado entero en Doce hombres sin piedad (1957). Era el héroe con moral por excelencia. 

Pero cuando el Nuevo Hollywood llenó la pantalla de tipos cínicos y antihéroes, él junto a Sergio Leone se encargaron de destrozar esa imagen de hombre bueno creando un despiadado villano en Hasta que llegó su hora (Érase una vez en el Oeste, 1968). Al no encontrar su sitio en el cine contracultural, aceptó seguir triunfando en los spaghetti western como Mi nombre es Ninguno (1973) junto a Terence Hill, y cuando empezaron a meterle en todas las películas de catástrofes de finales de la década, alguien quiso volver a darle un papel de verdad. 

Mark Rydell en 1981 le dio ya muy enfermo, la oportunidad de trabajar junto a su hija Jane Fonda y Katharine Hepburn en una preciosa historia sobre la madurez y el final del camino que aportaba sentido a las nuevas generaciones. En el estanque dorado (Los años dorados) interpreta a un viejo cascarrabias aterrorizado por la muerte y enfrentado a su hija. 

Falleció en agosto de 1982 a los 77 años, poco después de enterarse que había ganado por fin el Oscar a Mejor Actor que la Academia le debía por ese viejo y entrañable Norman.

Katharine Hepburn

Henry Fonda y Katharine Hepburn En el estanque dorado

Por último hemos dejado a una catedral de la interpretación, una actriz nominada 12 veces al Oscar y ganadora de 4 premios de la Academia. Fue una estrella luminosa pero con el favor de la crítica desde La fiera de mi niña (1938), y ya era una mujer madura en La reina de África (1951) o Adivina quién viene esta noche (1967), pero cuando los nuevos aires llegaron todavía era una fuerza de la naturaleza intocable.

Mientras las salas se llenaban de madres que luchaban contra demonios y poderes sobrenaturales Hepburn, lejos de intentar rejuvenecer su imagen, abrazó su madurez y cabalgó con John Wayne, en El rifle y la Biblia (1975). Y aunque pasó por televisión con su histórico director George Cukor en “El trigo está verde” (1979) no permitió que nadie la jubilara.

Su resistencia de hierro tuvo la recompensa definitiva junto a Henry Fonda porque también se llevó su cuarto Oscar por En el estanque dorado (Los años dorados). Un récord histórico de la Academia que, a día de hoy, ninguna otra actriz ha logrado igualar, aunque ya lo ha merecido más de una vez Meryl Streep que lleva ahora mismo 21 nominaciones.

Falleció en 2003 a los 96 años después de seguir trabajando en los años 90 en cine y televisión sobre todo, Katharine sobrevivió a todas las revoluciones obligando a la industria a mantenerla el respeto que se había ganado.

Y llegaron los hijos del New Hollywood

Hemos repasado a grandes estrellas que no dejaron de hacer cine a pesar de que el nuevo cine americano no contó con ellas, y a las que fueron lo suficientemente camaleónicos como para subirse al tren del cambio. Pero todavía nos queda un viaje. 

En un nuevo artículo abordaremos a las grandes estrellas de ese cine que todos hemos conocido y nos ha maravillado, sucio, duro, rastrero a veces, pero realmente fascinante a la vez. Dejamos a atrás la magia del cine para abrazar el exorcismo, y hablaremos de los actores y actrices que nacieron en la década de los sesenta como Robert Redford o Faye Dunaway, y a los que el New Hollywood acuñó como Robert de Niro y Al Pacino.

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Siguiente parada, ¡La década que lo cambió todo!


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